Estoy embarazada.
Todavía me sorprende escribirlo. Y esto es lo que pasa por mi cabeza.
Esta es una carta que escribí en mi semana 12 de embarazo, para alguna amiga cercana y mi marido, y que hoy he querido compartir con vosotras, en mi semana 35.
Estoy embarazada.
Confesaré que nunca he sentido el famoso “instinto maternal”, así como tampoco he fantaseado con la idea de ser madre. Lo que sí tenía relativamente claro es que quería formar una familia con mi marido. En mi caso, me he quedado embarazada sin esperar a que llegara ese impulso que, aparentemente, muchas mujeres sienten al rondar los treinta.
Lo curioso —y, en cierto modo, asombroso— es que, de repente, a mis 12 semanas de embarazo, no concibo no estarlo. Me cuesta imaginar mi vida, ahora mismo, sin la certeza de que algo —o alguien— está creciendo dentro de mí. Ojalá vaya todo bien. Estoy emocionada. Siento que me está cambiando el cerebro, el cuerpo y, sobre todo, la forma de mirar. Aparecen miedos que nunca me había planteado. Cada día es una pequeña revolución emocional: ilusión, incertidumbre, ternura, vértigo. Todo se mezcla. Todo es intenso. Y, en medio de eso, siento un amor profundo por una criatura a la que aún no conozco, pero que ya me habita.
Estoy leyendo un libro que pone palabras a muchos de mis pensamientos y emociones: Neuromaternal. Habla de neurociencia, de cómo la maternidad nos transforma Una visión integral de la salud de la mujer en esta etapa. Despierta conceptos como la dualidad de la vida y la muerte, no hay una sin la otra. El miedo. El cambio de generación, ya no somos sólo los hijos. Nuestros padres ya no son sólo padres. La certeza del paso del tiempo, del curso natural de la vida.
Pero, por encima de todo, lo que domina mi mente es la gratitud. Me siento afortunada de estar embarazada. No quiero darlo por hecho. No todas las personas pueden, no todas lo consiguen. Y yo lo estoy viviendo sin apenas síntomas —más allá de la sensibilidad en el pecho y la ya evidente barriguita—. Me siento privilegiada, como si mi cuerpo estuviera acompañando esta decisión con delicadeza.
Y os diré algo más: aunque nunca sentí ese “instinto” del que tanto se habla, algo se ha despertado. No sé si es hormonal, emocional o algo más profundo, pero hay una especie de conexión con lo que está por venir, que me conmueve. Es una calma extraña, una conciencia nueva. Estoy cambiando. No solo físicamente: también está naciendo una versión distinta de mí misma.
Todavía no sé quién voy a ser como madre. Y no pasa nada. Supongo que esa identidad también se construye poco a poco, igual que el cuerpo cambia y se adapta sin que yo tenga que decirle nada. Aunque confieso que tengo miedo. A menudo me pregunto si estaré a la altura. Pero confío en que, cuando llegue el momento, lo que ahora me parece un salto al vacío se convierta en el principio de un aprendizaje tan desconocido como emocionante.
Para mi sorpresa, al menos en esta etapa del embarazo, no echo de menos mi vida de antes. No siento nostalgia ni FOMO por las fiestas que me pierdo o las tardes eternas de cervezas con amigos (ahora de agua con gas). Estoy en un punto en el que me apetece este cambio de etapa. Como si, sin darme cuenta, lo hubiera estado esperando.
Me doy cuenta de que no todo cambio implica pérdida. A veces, simplemente, se abre la puerta a algo que, aunque aún no sé cómo será, me ilusiona. Y esa ilusión no tiene que ver con una imagen idealizada de la maternidad. Tiene que ver conmigo. Con el deseo de vivir esta etapa con propósito, con los ojos y el corazón abiertos.



Enhorabuena! Sin duda inspiración para mi « blog » / diario de una mujer de 30, para cuando me toque (manifestando ✨). Abrazos!
Qué bonito ✨ muchas felicidades, Clara 💕